13 de diciembre de 2010

Un poco de historia
            Cuando los años 60 se hicieron historia, Venezuela era un país de muchachos: el 70% de la población no llegaba ni a treinta años. Y eso parecía bueno, aunque no había futuro posible ni espacio para tanta juventud en el mercado de trabajo ni en las aulas, menos aún para aquellos que habitaban el apretado cinturón de miseria que comprimía los contornos de las grandes ciudades.
            Se decía que el país era “rico”, que tenía muchos recursos, pero en los barrios sólo imperaba la pobreza de un pueblo que no tenía otra culpa que la de haber roto las raíces que lo ataban a la provincia intentando adoptar una ciudad que tampoco lo quería, pero que aceptaba gustosa la fuerza laboral que venía de allí, mano de obra barata y eficiente  para darle empuje a la ciudad, y espaldas donde colocar la carga pesada.
            Porque de los cerros del Valle, de Catia,  Carapita,  Petare,  San Agustín eran los trabajadores. De allí eran los taxistas, los camioneteros, los autobuseros y los motorizados; los albañiles, los carpinteros, los plomeros, los obreros y los niños que limpiaban zapatos o vendían periódico; las costureras y las muchachas de servicio también eran de allí.
            Esta realidad se ignoraba convenientemente, excluyéndola hasta de los planos de la ciudad. Incluso, la clase media, que sufría sus propios males, se compadecía a sí misma tildando de flojo, malandro,  azote, vago, maleante, hippie, marginal,  a todo el que habitara las zonas altas de la ciudad.
            Así fue como entre el amor y el odio se fue poniendo ácido el rock, hasta que dejó de tener sentido. Llegó la Fania y el tecno merengue la pulverizó. El sueño latinoamericano terminó en llanto silencioso con la pesadilla de Pinochet y hasta el canto militante y comprometido se volvió “chatarrita” derrotado por el movimiento transculturizador, perverso y vacío.
            En fin, la juventud de los 60 llegó a la adultez prematuramente, decepcionada y sin ilusiones; la de los 70 parecía un salto al vacío, sin esperanzas ni oportunidades. No tenía número.
            Pero los pueblos cuando olvidad el camino avanzan por las trochas, poco a poco, paso a paso. Y la juventud venezolana de entonces echó manos a la memoria colectiva y tomó conciencia de ser un pueblo orgulloso de su historia, con hermosas tradiciones y profunda cultura; que éramos ciudadanos del mundo con mucho, pero mucho qué decir.
            Entonces cada comunidad popular, urbana o rural, elevó su canto por la vida y la esperanza; se hablaba de identidad nacional y de que era posible construir otra Venezuela que ni siquiera los políticos imaginaban todavía.
            Más de ochenta mil centros y grupos culturales se conformaron simultáneamente, dando origen al movimiento sociocultural más grande y coherente jamás visto en el país, sin vínculos políticos de ningún tipo. Porque para el hombre el recurso más importante es el hombre mismo.
            Por eso se hizo y se enseñó música, teatro, danza, cine, periodismo, cine, diseño, literatura, cerámica, artesanía, pintura y cualquier otra manifestación cultural; se difundieron y promovieron los valores creadores del pueblo y en miles de jornadas de creatividad infantil se puso en las manos de un niño lo más valioso de nuestra cultura popular.
            Veredas, escaleras, callejones, canchas deportivas, patios de bolas criollas, cualquier espacio vacío fue punto de encuentro para mostrarle al pueblo su propio canto, sus danzas tradicionales y una interacción lúdica colectiva, que no era teatro, pero lo parecía. Así nace el Centro Cultural “Ven Conmigo”, como surgen las buenas ideas, de la nada.
            Sin tiempo ni espacio para aprender, inventa su propio teatro y el cómo montarlo sobre la tierra, en los escenarios de los caminos empinados, en el difícil equilibrio de las escaleras, en las cumbres que sostienen a las barriadas caraqueñas.
            Alejandro Casona y Pirandello mostraron con Ven Conmigo su sarcasmo jocoso y su verso mordaz; Josefina Pla fue rabia de lágrima contenida en los ojos colectivos, y aquellas poéticas locuras de “Los Alegres Caminantes” fueron lanza de combate de un Ven Conmigo que estaba más loco todavía cargando aquel “muerto” que nunca terminó de morir.
             Pero el Centro Cultural “Ven Conmigo” hizo más que teatro: sostuvo permanentemente dos talleres de creatividad infantil, hizo serios aportes al periodismo comunal, a la literatura, al diseño y a la pintura. Creó una escuela donde se formaron artesanos y ceramistas  talentosos que están presentes todavía. Pero quizá el aporte más importante de Ven Conmigo fue el de ayudar a formar ciudadanos de valor que siguen siendo agentes multiplicadores de aquel hacer una patria mejor.
Nadie hizo ni dio tanto sin pedir nada jamás.
            El Centro Cultural Ven Conmigo siempre expresó un canto de amor con el marco musical de Cancamure y el Autóctono de la Vega; fue el mismo pueblo obrero en su rol de poeta, músico, pintor y artesano. Todo a la vez…
Ángel Arguello
aaa4919@hotmail.com